Cien años del genocidio armenio: por verdad, justicia y reparación

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“Hemos oído que hay un número de oficiales aliados que, recorriendo los caminos, han visto los cadáveres armenios y están fotografiándolos. Es recomendado muy especialmente que esos cadáveres deben ser urgentemente enterrados y no dejarlos expuestos de tal manera”

Telegrama de Mehmet Talat Pashá, ministro del Interior, al gobierno de Alepo, 29 de diciembre de 1915

El 24 de abril es la fecha que internacionalmente se recuerda el inicio del genocidio contra el pueblo armenio perpetrado por el Estado turco. Un siglo se ha cumplido del comienzo de un plan genocida desplegado entre 1915 y 1923, y que continúa siendo negado por los sucesivos gobiernos de la actual República de Turquía. En general se suele dividir este período en dos fases, la primera de 1915 a 1918, cuando el Comité de Unión y Progreso (CUP), partido que había derrocado al sultán Abdul Hamid II en 1908, planificó el genocidio de un millón y medio de armenios y la dispersión de cerca de un millón más, que se constituirían en la diáspora que buscaría refugio por distintos países. En la segunda fase, de 1919 a 1923, las fuerzas nacionalistas turcas encabezadas por Mustafá Kemal invadieron militarmente la República de Armenia, establecida en 1918, con el objetivo de llegar hasta la actual Azerbaiyán.

Durante el genocidio no solamente se aniquiló a un millón y medio de personas, sino que se realizaron ultrajes y vejaciones de todo tipo y se expropiaron todo tipo de recursos. Pero el exterminio no sólo implicó la desaparición física sino la destrucción de la cultura y la identidad de un pueblo, Tanto en Europa como en EEUU eran conocidas estas realidades, la prensa daba cuenta de ellas, pero el contexto de la Primera Guerra Mundial y los intereses locales primaron sobre la cuestión humanitaria. Asimismo, los intentos de establecer fronteras que reconocieran algunos de los reclamos históricos y permitieran estabilidad en la región, como los límites establecidos por Woodrow Wilson en virtud del Tratado de Sevres, rubricado por Turquía, no sobrevivirían al reordenamiento del mundo de posguerra, que se reacomodaría en detrimento del pueblo armenio.

Un siglo después del inicio, la República de Armenia ha forjado su propia historia, como integrante de la URSS y posteriormente como República independiente. Al mismo tiempo, la República de Nagorno Karabaj continúa en su lucha por el reconocimiento, y en los diferentes países donde encontraron refugio los armenios sus descendientes construyeron y reconstruyeron instituciones y organizaciones. Desde este punto de vista, el plan de exterminio fracasó, y el objetivo de unificar a todas las naciones túrquicas haciendo desaparecer el escollo que suponía Armenia también.

A su vez, cada vez más naciones reconocen el genocidio armenio como tal, en nuestro país desde el retorno de la democracia, las sucesivas declaraciones y resoluciones parlamentarias a nivel nacional y provincial, junto con el reconocimiento público del presidente de la Nación, Raúl Alfonsín ante la comunidad armenia local en septiembre de 1987, marcaron un hito en la postura argentina frente a la cuestión. La sanción de la Ley Nacional 26.199 (publicada en el Boletín Oficial el 15/1/2007), durante el gobierno del Presidente Néstor Kirchner, cuyo artículo 1º dispone: “Declárese el día 24 de Abril de todos los años como “Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos” en conmemoración del genocidio de que fue víctima el pueblo armenio y con el espíritu de que su memoria sea una lección permanente sobre los pasos del presente y las metas de nuestro futuro”, puso a la Argentina a la vanguardia del reconocimiento internacional junto a Uruguay; Francia, las Naciones Unidas y el Parlamento Europeo. Asimismo, en abril de 2011, el Juez Federal Norberto Oyarbide a través de una sentencia declaró la verdad histórica del delito de genocidio cometido en perjuicio del pueblo armenio y responsabilizó al Estado turco.

La lista podría completarse con los reconocimientos y pronunciamientos en diferentes niveles, como las provincias que adhirieron a la Ley 26.199 y los municipios que año tras año acompañan la lucha con las adhesiones y declaraciones. También deben destacarse los esfuerzos por avanzar en la enseñanza del genocidio contra los armenios en las escuelas, y en su implementación como política de Estado. Asimismo, el recibimiento de la Presidenta a una delegación comunitaria y la presencia del canciller Timerman en Ereván, junto a líderes como Putin y Hollande, marcan la continuidad de la posición oficial frente al tema. Lo mismo puede decirse de las declaraciones del Papa Francisco, quien ha priorizado hacer uso de esta palabra y asumir las consecuencias, que faltar a la verdad y no ser consecuente con la postura del Vaticano y la que sostuviera en tanto Arzobispo de Buenos Aires. Y en Turquía, organismos de derechos humanos, organizaciones kurdas, académicos, y sectores de la sociedad civil han incorporado el reconocimiento del genocidio armenio en su agenda.

Entonces, ¿por qué la insistencia en el reconocimiento por parte de Turquía? ¿Por qué la expectativa de que en Ankara se utilice la palabra genocidio, y no basta con que se haga alusión a las muertes, catalogadas como parte de las atrocidades propias de la Primera Guerra Mundial? ¿Qué objeto tiene seguir reclamando un siglo después?

La respuesta varía dependiendo de los objetivos que impulsa quien levanta la bandera del reconocimiento. Desde el CNA entendemos que el reconocimiento no es un fin en sí mismo, sino parte de un complejo de medidas que forman parte de la reparación, el único camino para normalizar las relaciones que no se cimenta sobre los cadáveres a los que aludía el telegrama de Talat. El reconocimiento y las disculpas son una parte. No se puede hablar de reclamo sin contemplar un proceso de reparación por las muertes y el sufrimiento, por los daños a instituciones culturales, sociales, educativas y religiosas, las medidas destinadas a apoyar la reconstrucción y viabilidad del desarrollo del pueblo que fue víctima, y, no menos importante, la recuperación de la sociedad turca.

Por supuesto, no todas las partes pueden cumplirse literalmente transcurridos cien años, como sucede con el juicio y castigo a los culpables. Sin embargo, eso no implica que no se puedan encontrar vías para iniciar el camino de las reparaciones. Lo inviable es pensar que puede tomarse como reparación uno solo de estos elementos. En este sentido, si la República de Turquía inicia el proceso de reparaciones, el aporte no sería únicamente para los descendientes de las víctimas o para la República de Armenia, sería su propia sociedad la que podría recuperarse de vivir bajo el yugo del negacionismo. Sería un avance para la agenda del campo popular de Turquía. Sin las reparaciones, la necesidad de sostener la posición negacionista obliga a las sucesivas administraciones a ilegalizar todo lo relacionado al reconocimiento, motivo por el cual el hostigamiento estatal, y paraestatal, hacia quienes abordan la cuestión fuera del canon oficial acopia encarcelamientos y muertes.

A su vez, entendemos que la lucha por la justicia y la reparación debe desplegarse como parte de todas las luchas reivindicativas de los derechos humanos, contra las prácticas genocidas y delitos de lesa humanidad. Desde el germen hasta la concreción hay una serie de etapas verificables, entre las que la discriminación ocupa el lugar inicial y primordial. Es por esto que en la Argentina la articulación de la lucha con organismos de derechos humanos, espacios académicos, culturales, organizaciones y partidos políticos ha sido el camino recorrido desde la recuperación democrática. La inauguración de una muestra especialmente diseñada por el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti para conmemorar el centenario del genocidio armenio, la marcha del 28 de abril hacia la residencia del embajador de Turquía y el Acto Cívico en el Luna Park del 29, son la reafirmación de este camino recorrido.

Es por ello que en el centenario del inicio del genocidio contra el pueblo armenio, es necesario entender que la memoria, la verdad, la justicia y la reparación no son un inventario entre las cuales elegir . Tampoco su búsqueda es patrimonio de los descendientes de sus víctimas. En momentos donde la estrategia negacionista oscila entre la tergiversación y la amenaza y difamación de quienes llaman a las cosas por su nombre, la claridad es urgente y necesaria. El pueblo armenio sufrió un genocidio en manos del Estado turco. Es una herida abierta de la humanidad y es imprescriptible. Ya es tarde para que Turquía sepulte la verdad y la oculte ante los ojos del mundo. Pero estamos a tiempo de exigir que pague su deuda con la humanidad.